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Nuestro Círculo
Nº 144 Semanario de Ajedrez 7 de mayo de 2005


100 AÑOS DEL CLUB

ARGENTINO DE AJEDREZ

"Nuestro Círculo" se asocia a la celebración del Centenario del Club Argentino de Ajedrez publicando un extracto de las cartas que intercambiaron, en 1910, el escritor Miguel de Unamuno y José Pérez Mendoza, entonces Presidente del Club Argentino.

"Nunca olvidaré –me contaba una vez un cura de aldea, socarrón y malicioso-, nunca olvidaré mi primera visita a un pueblo civilizado. Habíame criado yo en mi aldea nativa, con un tío cura que me enseñó latín, y que cierto día me advirtió me preparase para ir con él a la villa próxima. Era a Guernica. Llegamos a ella y me llevó al casino, donde él tenía que avistarse con un amigo. Me dejó por mi cuenta. Empecé a recorrerlo, encogido y medroso, y hubo de llamarme la atención un grupo de cuatro personas, agrupadas en silencio en torno a una mesita y sin levantar sus cabezas de ella. Su mutismo y su recogimiento atrajeron mi atención. Me acerqué al grupo y oí romperse el silencio para que uno de los cuatro caballeros exclamara: "¡Si hace usted eso, le como el caballo!", y otro replicó: "En ese caso, le comeré yo la torre." Estas palabras me trastornaron. ¡Un señor que dice va a comerse un caballo y otro que replica que comerá una torre! Me aparté de allí, no sin cierto temor, no fuese que de mansa se les convirtiese en furiosa y me tirasen por el balcón a la calle, pero pudo más mi curiosidad y volví a acercarme al grupo. "¡Este peón será reina!", exclamó triunfalmente uno de aquellos señores, y yo miré a todas partes. Me aquietó un poco el que los demás asistentes al casino no parecían dar importancia al caso. Me acerqué más, y aún pude ver que tenían un tablero de madera con cuadros blancos y negros, y unas piececitas, algunas en forma de castillos y otras con cabezas de caballo que movían de tiempo en tiempo de un sitio a otro. No quise ver más, sino que me fui a mi tío, y asiéndolo por la sotana, le dije: "¡Tío, vámonos de aquí, vamos a casa!", y todavía al salir del casino de Guernica volvía mi mirada a él temiendo no saliese con un cuchillo, frenético ya, el comedor de caballos, o el de torres. "Tal fue mi primera impresión de lo que es una sociedad civilizada", acabó diciéndome el socarrón y malicioso cura de aldea.

Y entonces me tocó el turno de contarle a mi vez como yo, en mis mocedades, había caído bajo la seducción de la mansa e inofensiva locura del ajedrecismo y como, durante mis años de carrera, en Madrid, hubo domingo en que invertí lo menos diez horas en jugar al ajedrez. Este juego, en efecto, llegó a constituir para mí un vicio, un verdadero vicio. Pero como soy, gracias a Dios, hombre de recia voluntad, conseguí dominarlo. Y hoy no lo juego sino de higos a brevas, o sea de año a San Juan, y las pocas, poquísimas veces en que lo juego, no paso de un par de partidas, o a lo sumo tres. Se me pasan meses sin tomar un alfil a la mano. Y es que tengo siempre presente aquel aforismo de que el ajedrez para juego es demasiado, y para estudio, demasiado poco. Y eso que llegué a jugarlo bastante bien.

Recuerdos y reflexiones son éstos que se me ocurren al leer la carta que don José Pérez Mendoza, presidente del Club Argentino de Ajedrez, dirige a don Enrique de Vedia, consocio suyo y Rector del Colegio Nacional Central, carta que aparece en el número correspondiente al primer trimestre de este año de la Revista del Club Argentino de Ajedrez.

El señor Pérez Mendoza se dirige al señor Vedia con el objeto de que se introduzca el ajedrez en los colegios. La carta honra a quien la ha escrito, pues que demuestra cuán en serio toma su ajedrez, y siempre es digno de todo respeto y todo elogio el que toma algo en serio, y más en los días que corremos. Y el que se tome muy en serio un juego, un deporte, es una enseñanza, una advertencia, y un reproche para tantos como hay que toman en juego las cosas más serias.

No se le oculta al señor presidente del Club Argentino de Ajedrez lo arduo de llevar a la práctica su propósito, lo difícil que es encontrar "quien tenga valor suficiente para desafiar la crítica de los que sonríen burlonamente cuando no tienen nada de fundamento que oponer a un propósito", y recuerda a este efecto la conmiseración con que en una época no lejana se les motejaba con aquello de "es miembro de la Protectora de Animales". Pero, como dice muy bien el señor Pérez Mendoza, el tiempo ha transcurrido y todos hacen justicia a los propósitos de Sarmiento, reverendo Thompson y otros.

Esta actitud del presidente del Club Argentino de Ajedrez me es altamente simpática. Siempre aplaudo a los que, sea por lo que fuera, afrontan la crítica de los que sonríen burlonamente. Un ejemplo así es siempre fecundo en país donde la propensión a la burla, al choteo, hace estragos. Eso no es, en el fondo, sino quijotería, y sabido es que me he constituído en el aplaudidor profesional de todo quijote.

"Las ideas hacen camino", dice muy bien el señor Pérez Mendoza. Y para demostrarlo se limita a citar el caso de la señorita Elina Paso, que se matriculó para médico en el colegio que el señor Vedia rige. "Hubo resistencia tenaz para impedirlo por los retrasados en ideas, pero más fuerte fue el empeño, y la buena doctrina triunfó, siendo, ¡al fin!, admitida." Es evidente: las ideas hacen camino.

"Y usted, que es educacionista y por ende ajedrecista de raza...", sigue diciendo al Rector del Colegio Nacional Central el presidente del Club Argentino de Ajedrez. Pero aquí tenemos que detenernos. Ese "por ende" me ha herido la mente como una flecha silenciosa en la oscuridad. Eso de que un educacionista tenga que ser ajedrecista, la verdad, no acabo de comprenderlo. Yo que, como he dicho, fui ajedrecista y hasta maniático del ajedrez en mi juventud, no veo las relaciones entre el juego del ajedrez y la pedagogía. Pensaré en ello, sin embargo. Aunque por ahora temo tratar a mis alumnos y discípulos como peones, alfiles, caballos y torres de ajedrez.

Sigue la carta, y en ella pide su autor que se desarrolle en la juventud argentina la afición al ajedrez "que ennoblece, porque es caballeresco en sus propósitos; que es culto porque da motivo a desarrollar la sociabilidad; que es el más intelectual y educador porque para practicarlo es necesario poner en ejercicio funciones múltiples de observación, orden, previsión, y tantas otras que desarrollan la intelectualidad, y, sobre todo, más arriba que todo, que es un medio, si no de extirpar, de oponerse a la ola que avanza" y que por desgracia "es difícil, bien que no imposible, de contener y que tantos perjuicios trae aparejados en su propagación: me refiero a las varias formas de juego con apuestas".

Vamos por partes.

Y empecemos por la última: lo de los juegos de apuestas. En esto, como en aquello otro de afrontar las sonrisas burlonas, estoy enteramente al lado del presidente del Club Argentino de Ajedrez. Todo lo que en bien de la cultura se haga para combatir los juegos de envido y azar, incluyendo en ellos la lotería y las carreras de caballos, sería poco. Y no es lo peor de tales juegos el que arruinen a unos y enriquezcan a otros sin trabajo, enseñándoles a fiar de la fortuna; lo peor de la afición a los juegos de azar y envido es que revela una gran pobreza imaginativa. Suelen caer en ese vicio aquellas personas que sin una base de educación intelectual se encuentran con dinero. No saben qué hacer, la lectura les fastidia, el arte está para ellos cerrado, y el único modo que tienen de no aburrirse es jugar. Puede asegurarse que donde el juego hace estragos la cultura es superficial y más de apariencia que de fondo. Las emociones del juego llenan un vacío espiritual que no se llena con emociones de arte, de ciencia o de una actividad útil y culta. Cuando se reúnen personas de cultura, de ingenio, de ilustración, y sobre todo de espíritu, conversan, cambian ideas e impresiones, como cartas de baraja. Los tontos, dice Schopenhauer, no teniendo ideas que cambiar, inventaron unos cartoncitos con figuras, y los cambian.

Pero de este mal del juego, que es para mí lo peor de él, ¿está acaso enteramente exento el ajedrez?

"Ennoblece, porque es caballeresco", dice el señor Pérez Mendoza. Sí, no lo dudo, pero he presenciado disputas muy agrias ocasionadas por el ajedrez. Y se comprende. Como los dos jugadores juegan con los mismos elementos, dispuestos del mismo modo, no cabe atribuir al acaso la derrota. El que pierde, pierde porque se descuidó más que el otro, no porque juega menos que él. Y así sucede que en ningún juego se interesa más el amor propio que en el ajedrez. Al que pierde un día al tresillo le queda el recurso de decir que le dio mal naipe. No así al que pierde al ajedrez. Y de aquí todo eso de jugar a cara de perro, sin volver las jugadas, aquello de pieza tocada, pieza jugada. Es muy caballeresco este juego, sí, pero llega a engendrar verdaderas antipatías, así como engendra simpatías. El amor propio queda muy al descubierto en él, y lo más educativo que tiene es el enseñarnos a dominarlo. Pero esto se consigue lo mismo en una conversación en que juega el ingenio.

"Es culto porque da motivo a desarrollar la sociabilidad" añade el señor Pérez Mendoza. Según lo que por sociabilidad se entienda. En mi época de ajedrecimanía solía yo jugar con un ancianito que no parecía vivir sino para el ajedrez. Todas las tardes me pasaba dos o tres horas jugando con él. Y jamás supe sino su nombre, que hoy ya no lo recuerdo. No sé de dónde, ni cómo era, ni qué ideas tenía, ni nada de su vida pasada. No nos unía más que la común afición al ajedrez. Y así se ve que dos hombres pueden reunirse todos los días dos, tres o más horas , en torno a un tablero, a comerse caballos y torres y convertir peones en reinas y desconocerse profundamente el uno al otro, manteniéndose mutuamente extraños. Y en tal sentido no fue tan falsa como parece la visión que de la civilización tuvo mi amigo el cura de aldea socarrón y malicioso.

Mucho de la sociabilidad civilizada no es más que la sociabilidad con que el juego del ajedrez se engendra y desarrolla. Dos hombres pueden pensar y sentir del modo más opuesto, ser en el fondo incompatibles el uno con el otro, y juntarse a jugar al ajedrez. Un día falta uno de los jugadores, dura su ausencia unos días, al cabo de ellos vuelve a su hábito, pero vestido de luto y con aspecto de cierta tristeza. En esos días ha quedado viudo. Y puede muy bien ocurrir que su competidor lo ignore. No; no es esa sociedad la que debemos promover, sino otra más íntima, más comunicativa. Es comunión, comunión de ideas y sentimientos, no sociabilidad lo que nos hace falta. Un club ajedrecista es lo más opuesto a una iglesia cualquiera, a un centro de comunión espiritual. El ajedrez puede llegar a ser uno de los medios de juntarse las personas sin comprometer en esta junta sus almas.

Lo que hay que promover y fomentar es la conversación íntima y libre, el cambio de ideas. Hay que hacer de los casinos verdaderos hogares de ideas. Hogares y, a la vez, templos. Dicen que es de muy buen tono, de la más profunda urbanidad y cortesía el que en una "reunión de confianza" –son las reuniones en que menos confianza cabe- en una sociedad, en un casino, no se hable de lo más íntimo y vital: de religión. Para mí ese buen tono, esa urbanidad y esa cortesía no son sino signos de muerte. Sociedad en que privan máximas semejantes no es sino un hervidero de egoístas, de aventureros, de superficiales, de escépticos y de aburridos. Y he aquí por qué odio esas sociedades y huyo de ellas. No quiero ser un hombre de sociedad, un hombre de mundo. El saber llevar el frac puede llegar a ser una inferioridad manifiesta.

Paréceme, pues, que para defender a los jóvenes estudiantes de la "ola que avanza", mejor aún que aficionarlos al ajedrez, y aún no siendo del todo malo este remedio, es aficionarlos a otras cosas, y ante todo al estudio: es, sobre todo, provocar en ellos las eternas y tradicionales inquietudes de espíritu, las que no dejan vacío que tenga que llenarse con apuestas de azar.

(Suprimimos párrafos en los que el autor reproduce conceptos de Edgar Allan Poe sobre el ajedrez)

Hay que reconocer, por otra parte, que el ajedrez es una escuela de psicología práctica. Viendo jugar a uno varios días me comprometo a dar un bosquejo de su psicología. Uno juega por jugar, otro para inventar jugadas, otro para ganar, uno se distrae, otro cuenta con las distracciones ajenas, éste charla para confundir a su adversario y engañarle, aquél para atender a un lado del tablero cuando en realidad se fija en el otro, etc., etcétera. Pero esto pasa con todo juego. Y aún hay más, y es que creo que el tresillo exige mucha mayor agudeza, dotes más finas de observador, de psicólogo, que no el ajedrez. Hay que adivinar lo que no se sabe. Y hay quien, a las primeras jugadas, sabe ya las cartas que tiene el contrario, siempre que conozca a éste. En el tresillo cabe jugar una jugada mirando a los ojos del contrario; en el ajedrez hay que mirar al tablero. Como en el tresillo entra por algo el azar, entra por más también el elemento psíquico, espiritual. Saber servirse del azar es el supremo arte de la vida.

"¿Con que saber servirse del azar es el arte supremo de la vida? –me dirá aquí, interrumpiéndome, algún lector avisado-; pues entonces lo atrapé en contradicción. Porque si el arte supremo de vivir es aprovecharse del azar, ¿por qué condenar los juegos de azar y envite, los juegos de apuestas?" No te falta razón, lector avisado, que así me objetas, pero de eso ya hablaremos. Y hablaremos de la parcial justificación, y más aparente que real, que de esos juegos pueden darse... Porque, en efecto, los juegos de azar responden a algo más que llenar un vacío de espíritu; la pasión por el azar tiene hondas y muy vivaces raices. Y bien dirigida, entiéndelo bien, bien dirigida, puede dar frutos provechosos.

Y lo que salva al ajedrez de ser una cosa puramente mecánica es precisamente el elemento de azar que su complicación misma lleva consigo: el poder contar con los descuidos del adversario. Pero es indudable que hace falta más cálculo para idear el modo de dar mate con el rey, alfil y caballo, sin más, habiéndolo aprendido antes, que no para empezar y desarrollar un juego. La simplicidad del caso abona lo que Poe dice.

El ajedrez tiene, sin duda, algunas de las ventajas, pero tiene casi todos los inconvenientes de las matemáticas. Y yo no encomendaría un asunto delicado a un puro matemático. Las matemáticas, dadas sin comprensión ni contraveneno, son funestísimas para el espíritu. Son como el arsénico, que en debida proporción fortifica y en pasando a ella mata. Los matemáticos puros se acostumbran a discutir con el encerado o el papel y no con la cabeza. Obsesiónales una falsa idea de la exactitud. Es, sin duda, mucho más educadora cualquier ciencia de observación, de laboratorio, la biología sobre todo, porque en ella hay que aprender a doblegarse al hecho, que sólo en pequeña parte nos es conocido. Toda célula, por muy conocida que nos sea, cela un misterio: el triángulo, por el contrario, o la elipse, como no es sino un concepto, lo tenemos todo entero en el espíritu. El que los rumiantes tengan la pezuña partida, no se sabe bien por qué, además de ser tan exacto como (a+b)2 = a2 + 2ab + b2 es mucho más educador. Y en cuestión de juegos, el tresillo, pongo por caso, es más biológico que el ajedrez, que tiene más de matemático. El azar es el misterio, y la fuerza del hombre es saber dominar el azar, es saber servirse del misterio.

He conocido muchos jugadores de ajedrez y he jugado a su juego con muchos de ellos. Y debo declarar que la mayor pericia en el juego no coincidía necesariamente con la mayor inteligencia. Junto a hombres muy inteligentes y grandes jugadores de ajedrez he conocido ajedrecistas distinguidísimos que eran hombres de una mentalidad menos que ordinaria, y he conocido, en cambio, hombres de ingenio torpísimo, de pésimas dotes de observación, de inteligencia confusa y tarda, que jugaban admirablemente bien al ajedrez. El ser un coloso del ajedrez, como un Philidor, un Morphy, un Steinitz, un Tchigorin, un Golmayo, un Martínez, un Mackenzie, un Lasker..., no prueba sino que es un coloso en el ajedrez. En lo demás puede ser coloso, hombre ordinario o pigmeo.

Una cosa me ha llamado la atención en los manuales de ajedrez y en los libros de partidas famosas –muchas de ellas las he vuelto a jugar, libro y tablero a mano-, y es que entre los nombres de los jugadores famosos, de los grandes maestros de ajedrez, figura un número de apellidos españoles –como Martínez, Golmayo, Ponce, Vázquez, etcétera- mayor que el que figura entre los nombres famosos en ciencias, artes y letras. ¿En qué consiste esto?

Algo se me ocurre a este respecto; pero el haber alargado ya lo bastante este escrito, me impide, afortunadamente, el decirlo aquí. Tal vez es mejor para callado.
 

RESPUESTA DE

JOSÉ PÉREZ MENDOZA

En respuesta a la carta que acabamos de reproducir, José Pérez Mendoza, Presidente del Club Argentino de Ajedrez, le escribe al escritor en los términos que parcialmente copiamos a continuación:

Buenos Aires, Agosto de 1910

Señor Miguel de Unamuno

Distinguido señor:

Permita usted que le dé las más expresivas gracias por su fina atención al ocuparse en escribir sobre un tema que interesa vivamente al círculo de personas que formamos el Club Argentino de Ajedrez.

Tanto más importancia damos a lo escrito, cuanto mayor el renombre del que lo hace, sobresaliendo para mí el valor de manifestar con sinceridad sus convicciones, que acertadas o no, defiende con inteligencia y expone con energía.

……………………………………………………

Puede usted creerme que no doy al ajedrez una importancia tal que pretenda que todos se ocupen de él y lo jueguen, viniendo así casi a ser el pasatiempo único. No tal; considero que en un pueblo, lo primordial que debe tener y por lo que cada uno debe esforzarse, es por su cultura intelectual y física, base de toda civilización, progreso y fuerza. Feliz la nación que pueda tener los suficientes "For all" implantados por Carnegie en algunas ciudades de los Estados Unidos de Norte América.

Me complazco en ésta, como otras tantas veces, en estar conforme con usted en lo que se refiere a la comunión de ideas y pensamientos que debe unir a las personas, pero creo que en un Club de Ajedrez tal como nosotros lo tenemos, existe algo de lo que usted no conoce, y que al saber cómo y para qué está constituído, nos acompañe en nuestros propósitos y esfuerzos.

Si conociera nuestro humilde "pero limpio" centro, vería que no es como lo que le sucedió y cree que así será en todas partes.

En él, al par que un ejemplar igualitarismo social, donde se ven conversar y jugar a personas de distintas clases sociales, el modesto empleado, estudiantes de todas las facultades, médicos, abogados, músicos, ingenieros, magistrados, comerciantes, y de varios otros gremios y profesiones; se ve en el salón de lectura quienes leen obras de distintos géneros y tendencias y se hojean diarios y revistas; en la de conversación se charla de las cosas de lejos y de cerca, del socialismo de Ferri, de la astronomía de Flammarión y Gil, de las crónicas de Carrillo y señora Pardo Bazán, al par que de sus siempre leídas con placer interesantes correspondencias y de los hechos de la tierra nuestra, que tanto queremos y a quien la deseamos lo más perfecta posible dentro de lo factible; en la de billar, donde después de una partida de ajedrez se va a cambiar de gimnástica cerebral, al mismo tiempo que dando al cuerpo un ejercicio saludable.

La gimnasia en varias de sus aplicaciones, remar, calistenia, jugar a la pelota, natación, esgrima y tantos otros medios de desarrollar el físico sin usar los bruscos o peligrosos como el rugby o el box son, a mi modo de ver, preciosos y principales elementos para el desarrollo y sostenimiento del cuerpo y que deben de cultivarse en todas las edades según ellas lo permitan. Su propagación es altamente benéfica, pues es importante contribuyente a la formación de un pueblo sano y vigoroso.

Pero si esto es bueno, excelente, no todos lo pueden o lo quieren hacer, y según sus tendencias o medios buscan por múltiples razones otros pasatiempos y diversiones.Y aquí viene el ajedrez a llenar la parte que le toca dentro del orden y desarrollo social.

El ajedrez por el ajedrez mismo, si bien estimable por motivos que usted conoce y que enuncié en la nota al señor Vedia, tal como usted lo hacía con su viejecito contendor, no llena los propósitos y fines que debe tener todo acto.

En nuestro Club es, puede así decirse, un símbolo que representa la unión de los hombres de todas las edades y clases sociales, con comunión de tendencias que están en contraposición con las abrumadoras que nos rodean, y el centro a donde concurren variados elementos que con diversas aptitudes y gustos, ya sea por contacto en el trato, cambio de ideas y eso que es tan natural, la asimilación por efecto del medio ambiente, se va y se llega a un mejoramiento general.

Creo firmemente que usted, señor Unamuno, se dará cuenta de la importancia que tiene la tendencia que desarrollamos, si ella sirve para aminorar, poco por ahora, pero espero que mucho más tarde, la importancia que hoy ha alcanzado "la ola que avanza" de juego por dinero en muchas y diversas formas, cobijándose bajo los pliegues de la santa caridad.

La idea de dar un curso de ajedrez en el Colegio Nacional de esta capital, base sobre la que giran todas las ideas y consideraciones que emitimos, necesita una sencilla explicación, para comprender su verdadero alcance y la importancia que se ha pretendido darle, bastándome transcribirle otro párrafo de la citada memoria para que en completa simplicidad se vea lo que he deseado se implante y que a la verdad decir, no he visto hasta ahora expuesto razones con suficiente lógica para hacerme cambiar de opinión.

Deseo, sin embargo, hacer constar aquí cuál fue mi idea: deseaba solamente que en el último año del Colegio se estableciese un curso de diez lecciones para iniciar a los salientes de las aulas, en los principios de este juego intelectual, que si bien puede ser perjudicial para los que de él abusen, en general sería un derivativo a la atracción ejercida por tendencias inconvenientes.

Yo creo que no se puede pretender, pues así está constituída nuestra sociedad, que los jóvenes que salen de las aulas del Colegio Nacional y que van a comenzar estudios superiores, entrando a disponer de la precocidad de la raza y por la naturaleza de sus ocupaciones, no se puede pretender, decía, que todas las horas las dediquen al estudio de su carrera, sin tener tregua alguna, y que dentro de ésta solo hagan "conversación íntima y libre", de todo tiene que haber, siendo lo que usted indica excelente, pero no puede ser exclusivo.

¿Juega usted el ajedrez?, se pregunta a veces, y a una respuesta afirmativa sigue una partida, pues este juego vincula a los desconocidos, así como una francmasonería, pareciendo que quien lo cultiva debe ser persona de buenas condiciones generales, y así lo aseguraba el célebre Morphy cuando contaba que habiendo jugado al ajedrez con personas de todas las clases sociales, desde emperadores a aldeanos, había solo encontrado en ellos perfectos caballeros.

Y para concluir, diré que desearía que un observador consciente, juzgando la idiosincrasia de cada pueblo, dentro de sus diversas fases, al referirse a defectos y pasatiempos, se expresaran de algunos así: en tal domina la pasión de las corridas de toros, en el otro la del box, más allá el alcoholismo hace estragos, en aquél el juego con apuestas domina; y leería con grata satisfacción haber contribuido con un átomo a que su juicio sobre la Argentina se condensara así; "país donde los deportes son los ejercicios físicos y el ajedrez".

Lo saluda atentamente

José Pérez Mendoza
 

                    
 

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